30 abr. 2016

Spurs-Thunder III: El miedo viene de regalo

Hace apenas dos semanas, Golden State Warriors estableció la mejor temporada regular en la historia de la NBA. Con un récord de 73 victorias contra 9 derrotas, los Warriors limpiaron a Michael Jordan y sus Chicago Bulls de 1995/96, quebrando un récord destinado a sostenerse por varias décadas más.

Lógicamente, a la hora de nombrar un candidato, la elección fue Golden State. Hoy, con los Playoffs ya comenzados, la pelea por el título pende de una rodilla. Stephen Curry, MVP de la temporada pasada (que, salvo que los votantes no hayan tenido acceso a la televisión, internet, diarios y/o radio, también lo será en ésta temporada), sufrió un desgarro en la serie de Primera Ronda ante Houston Rockets.

En el mejor de los casos, Curry -un jugador tan decisivo que cambia los paradigmas del básquetbol actual- se perdería los primeros cuatro partidos de las Semifinales de Conferencia, ante Portland Trail Blazers. Si el base logra retornar en tiempo y forma, los Warriors también retornarán a su perfil de candidato máximo. De ocurrir lo contrario, el ganador de la otra Semifinal del Oeste asumirá dicho rol.

Esto no es Ali-Frazier. Ellos ya tuvieron sus peleas. Esto es San Antonio Spurs vs Oklahoma City Thunder, en el tercer (y, probablemente para un par, final) round:

OKC

Han pasado casi cuatro años desde que San Antonio y Oklahoma City se vieron las caras por primera vez, en aquella Final de Conferencia de 2012 (victoria del Thunder por 4-2). Si bien el ethos de ambos conjuntos sigue siendo el mismo, cuatro años en la NBA es una eternidad y cada uno ha sufrido modificaciones, tanto sus planteles como en ciertas facetas de sus esquemas de juego.

Año tras año, el Thunder sigue dependiendo pura y exclusivamente de Kevin Durant y Russell Westbrook. Desde el canje que envió a James Harden -presente en 2012 pero ausente en 2014, cuando los Spurs se tomaron revancha en la Final de Conferencia (también en seis juegos)- a Houston, ningún jugador de OKC ha logrado tener éxito en el rol del barbudo.

Westbrook y Durant van a tener la bola en sus manos. Eso nunca va a cambiar. Harden era extremadamente valioso porque sabía cómo capitalizar los momentos en los cuales una (o dos) de las dos mega-estrellas iba al banco para mantener al equipo a flote. Sin un tercer dominador de pelota, las defensas pueden enfocar su atención enteramente en Durant y Westbrook.

Dallas, defiendo como si Roberson ni existiese

Una de las principales virtudes de este equipo es su capacidad rebotera. Steven Adams y Serge Ibaka constituyen una gran pareja de internos. Enes Kanter es una máquina que suma puntos y rebotes desde el banco (por más que odie su estilo de juego y que no pueda defender a nadie). El problema, antes para Scott Brooks y hoy para Billy Donovan, es que Oklahoma City no puede encajar un quinteto que tenga sentido en todas las áreas.

Westbrook, Durant, Ibaka y uno entre Adams/Kanter. Ahí tenemos cuatro. Dos excelentes jugadores y dos complementos de gran nivel. Dion Waiters, Kyle Singler, Randy Foye, Andre Roberson, Cameron Payne y Anthony Morrow son los hombres de relleno, todos con deficiencias fácilmente explotables.

SAS

Contrario a su rival de turno, los Spurs han sabido adaptarse a sus necesidades, mezclando dos estilos opuestos en la era Gregg Popovich/Tim Duncan. Desde 1997 hasta 2010/11, en San Antonio se jugaba, básicamente, a defender con uñas y dientes, recuperar la posesión bajo cualquier concepto y darle la pelota a Duncan en el poste bajo. Un día, Popovich decidió patear el tablero y darle rienda suelta a Tony Parker.

El base francés funcionó como la cabeza de serpiente de un formidable esquema ofensivo, basado en un incesante movimiento colectivo, un constante movimiento de balón y un volumen y eficiencia en tiros de tres puntos. No debería hacer falta remarcar que los Spurs siguieron ganando, sin importar el año o el sistema de juego particular.

Para la versión 2015/16 de esta franquicia, Popovich ha intentado extraer partes de estos dos grandes conceptos de ataque y defensa e instaurarlos en un plantel que, por primera vez dos décadas, no tiene como líderes a Duncan, Parker o Manu Ginóbili.

Es cierto: una de las ventajas que posee San Antonio sobre su rival es la versatilidad de su plantilla, sabiendo que, en cualquier partido, un jugador de rol puede exceder las expectativas puestas sobre él. Dicho esto, Kawhi Leonard y LaMarcus Aldridge serán quienes -mayormente- determinen el futuro de este equipo.


Leonard es el vivo ejemplo de un talento que ha utilizado cada minuto en cancha (y fuera de ella) para crecer y expandir sus habilidades. El alero pasó de ser un especialista en defensa a un terror en ataque, convirtiéndose en el basquetbolista más completo de la NBA. En LA era “triplera”, Aldridge es un extraterrestre, ya que su área de confort reside entre la pintura y la línea de tres puntos.

El cruce

A grandes rasgos, esta serie es un choque de estilos opuestos. No es algo nuevo; lo mismo ha sucedido cada vez que se han enfrentado estos dos equipos. Sea por temporada regular o en sus dos duelos de Playoffs, los Spurs-Thunder suelen ser tan previsibles como intensamente emocionantes.

Siempre que Oklahoma City salga a la cancha, lo hará con dos de los mejores tres jugadores que pisen el parquet ese día. Tal es el lujo de contar con Durant y Westbrook (dos de los mejores siete jugadores de la NBA, en mi estima) en el mismo equipo.

Sin embargo, los Spurs pueden, al menos, ofrecer más resistencia que la mayoría. En Leonard y Danny Green, San Antonio tiene un par de defensores espectaculares, capaces de intercambiar marcas entre sí, factor clave en las jugadas que involucren a Durant cortinando para Westbrook (o viceversa).


El base de OKC no es un humano. Por más que Green, Parker o Patty Mills intente contenerlo, Westbrook va a lograr quebrar la defensa de San Antonio. Duncan, todavía un excelente protector del aro, servirá como la última línea y Aldridge, capaz de emparejarse (por momentos) con jugadores más rápidos que él, significa otra barrera que el Thunder deberá cruzar.

De todas formas, tal como lo hizo Dallas en la foto anterior, la atención de los Spurs estará fijada en las dos superestrellas, invitando a que Ibaka, Kanter y Roberson (entre otros) lancen tiros de media distancia. Esta estrategia también se aplicará para Westbrook, uno de los peores tripleros si se tiene en cuenta la cantidad de tiros que toma. Tirá tranquilo, Russ.

Leonard, completamente ignorando a Westbrook, invitando a que el base de OKC tire el triple

Todo lo que puedan aportar Kanter y Waiters desde el banco no se compara con el arsenal que tiene Popovich a su disposición. El trío de Ginóbili/Mills/Boris Diaw, acompañado de David West y un quinto hombre (generalmente, Leonard o Kyle Anderson) conforma la alineación que mejor representa ese movimiento de balón y de jugador que liquidó a Miami Heat en las Finales de 2014.

Y cuidado con el gigante Boban Marjanovic, hasta aquí utilizado únicamente cuando el encuentro ya está definido. “El Feo” (cariñosamente) podría tener una posibilidad real de impactar la serie, emparejado con Kanter, en un duelo de ‘apariencias’ como nunca se ha visto en el deporte.

Prediction Time

Más allá de mis miedos personales (ya que, tranquilamente, esta podría ser la última serie de Manu en la NBA), la capacidad atlética de Oklahoma City asusta a cualquier rival. Casualmente, los Spurs no se caracterizan por su frenesí, aunque en los últimos años han encontrado jugadores -Leonard, Green, Mills y hasta Jonathon Simmons- que pueden adaptarse a un ritmo de juego frenético.

Por donde se la mire, la temporada regular de San Antonio ha sido absolutamente brillante. De no ser por los Warriors, se hubiese hecho más revuelo sobre lo hecho por los Silver&Black. Aunque, claro, ellos lo prefieren así. Este es un equipo con las herramientas para ganarle a cualquiera.

Obviamente, una noche inspirada de Durant y Westbrook alcanza para ganar un partido y complicar las cosas. Aun así, creo que las variantes que ofrecen los Spurs, tanto en ataque como defensa, más una ventaja de localía importante -sólo perdieron un partido- pondrá a los hombres de Popovich en las Finales del Oeste. Spurs 4-3.

17 abr. 2016

Kobe, para mí


El miércoles pasado se retiró Kobe Bean Bryant, cinco veces campeón de la NBA con Los Angeles Lakers, tercer máximo anotador en la historia de la liga (detrás de Karl Malone y Kareem Abdul-Jabbar) y uno de los 15 mejores jugadores que alguna vez pisaron una cancha de básquet.

Ahí, en el primer párrafo, es donde terminan los hechos. Acá, en el segundo y en el resto del texto, es donde empieza la opinión. Se podría agregar una centena de datos sobre la carrera de Bryant, desde la cantidad de triples que encestó hasta el porcentaje de sus tiros de campo en los últimos dos minutos de un paritdo, pero sería irrelevante para el punto que quiero desarrollar.

Otros dirán: "¿Cómo podés afirmar que Kobe es uno de los 15 mejores de la historia, si no existe un ránking oficial?" A ellos, les repondo con honestidad brutal: yo odié a Kobe Bryant durante toda su carrera



Lógicamente, no lo odio a él como persona. Aunque, pensándolo mejor, no estoy tan seguro. En el deporte -como en la vida, si me puedo poner filosófico por un momento-, el amor y el odio son difíciles de explicar. Mi odio hacia Kobe se entiende desde la mirada de un hincha (primero) y desde lo que su carrera representó para uno de mis deportes preferidos (segundo).

Como ferviente seguidor de San Antonio Spurs, deseé en numeradas ocasiones que Bryant, acérrimo rival que tantas veces le complicó la vida a mis Spurs, fracasara. No hacía falta que se enfrenten Lakers y Spurs; siempre quise que le vaya mal a Kobe. Si San Antonio no podía ganar, aunque sea que pierdan los Lakers.

Desde un punto de vista más 'purista', nunca pude apreciar -si bien pude reconcer- su grandeza. Algunos términos con los que supe describir a Kobe: inidividualista, soberbio, egoísta con sus compañeros y consigo mismo (por haber firmado un contrato que le impediría pelear por un campeonato, su único objetivo, según sus propias declaraciones), entre otros.

Entonces, razonaba, que la mera existencia de Kobe le hacía mal a la NBA. Si Kobe no iba a pasar la bola como los Spurs, entonces que junte su guita y se vaya. No lo necesitamos. Como verán, mi odio al "personaje" era más que al basquetbolista en sí. No necesité conocerlo -ni necesité que cometa un acto verdaderamente punible- para odiar a Kobe.

Pero, para contestar (cuatro párrafos después) la pregunta original, creo que debe existir un límite para la subjetividad. Negar el hecho, y para mí es un hecho, de que Bryant es uno de los 15 mejores jugadores en la historia de la NBA representaría un acto irresponsable de mi parte, si es que me considero periodista.

Entiendo que mi apreciación sobre Kobe Bryant no es universal. En la última semana de su actividad profesional, se ha escrito, hablado y (especialmente) tuiteado ad nauseam respecto de lo que significa Kobe. Particularmente, elegí mirar para otro lado, a tal punto que, en la noche de su último partido, mi intención era ver el encuentro de Golden State Warriors, en búsqueda del mejor récord en la historia de la temporada regular.



Puedo argumentar porqué terminé viendo a Kobe -y porqué me emocioné como lo hice. Por un lado, los Warriors superaron a su rival (Memphis Grizzlies) casi sin transpirar. Mientras, en el Staples Center, el ego de Kobe lo llevó a tirar cualquier pelota que pasase por sus manos, anotando 60 puntos en 50 intentos de campo, incluyendo un game-winner con menos de un minuto en el reloj.

La parte que me escapa es el motivo por el cual me encontré celebrando este "Hollywood-esco" final de la carrera de Kobe. Después de pasar tantos años deseando que las cosas le salgan mal, acá estaba, agarrándome la cabeza con cada anotación del odioso este.

Es posible que la emotividad del momento se haya impuesto por sobre mi lógica. Quizás, la realización de que una de mis principales fuentes de odio se iba a esfumar me generó, aunque sea por una noche, una sensación que nunca creí posible: amar a Kobe Bean Bryant