17 abr. 2016

Kobe, para mí


El miércoles pasado se retiró Kobe Bean Bryant, cinco veces campeón de la NBA con Los Angeles Lakers, tercer máximo anotador en la historia de la liga (detrás de Karl Malone y Kareem Abdul-Jabbar) y uno de los 15 mejores jugadores que alguna vez pisaron una cancha de básquet.

Ahí, en el primer párrafo, es donde terminan los hechos. Acá, en el segundo y en el resto del texto, es donde empieza la opinión. Se podría agregar una centena de datos sobre la carrera de Bryant, desde la cantidad de triples que encestó hasta el porcentaje de sus tiros de campo en los últimos dos minutos de un paritdo, pero sería irrelevante para el punto que quiero desarrollar.

Otros dirán: "¿Cómo podés afirmar que Kobe es uno de los 15 mejores de la historia, si no existe un ránking oficial?" A ellos, les repondo con honestidad brutal: yo odié a Kobe Bryant durante toda su carrera



Lógicamente, no lo odio a él como persona. Aunque, pensándolo mejor, no estoy tan seguro. En el deporte -como en la vida, si me puedo poner filosófico por un momento-, el amor y el odio son difíciles de explicar. Mi odio hacia Kobe se entiende desde la mirada de un hincha (primero) y desde lo que su carrera representó para uno de mis deportes preferidos (segundo).

Como ferviente seguidor de San Antonio Spurs, deseé en numeradas ocasiones que Bryant, acérrimo rival que tantas veces le complicó la vida a mis Spurs, fracasara. No hacía falta que se enfrenten Lakers y Spurs; siempre quise que le vaya mal a Kobe. Si San Antonio no podía ganar, aunque sea que pierdan los Lakers.

Desde un punto de vista más 'purista', nunca pude apreciar -si bien pude reconcer- su grandeza. Algunos términos con los que supe describir a Kobe: inidividualista, soberbio, egoísta con sus compañeros y consigo mismo (por haber firmado un contrato que le impediría pelear por un campeonato, su único objetivo, según sus propias declaraciones), entre otros.

Entonces, razonaba, que la mera existencia de Kobe le hacía mal a la NBA. Si Kobe no iba a pasar la bola como los Spurs, entonces que junte su guita y se vaya. No lo necesitamos. Como verán, mi odio al "personaje" era más que al basquetbolista en sí. No necesité conocerlo -ni necesité que cometa un acto verdaderamente punible- para odiar a Kobe.

Pero, para contestar (cuatro párrafos después) la pregunta original, creo que debe existir un límite para la subjetividad. Negar el hecho, y para mí es un hecho, de que Bryant es uno de los 15 mejores jugadores en la historia de la NBA representaría un acto irresponsable de mi parte, si es que me considero periodista.

Entiendo que mi apreciación sobre Kobe Bryant no es universal. En la última semana de su actividad profesional, se ha escrito, hablado y (especialmente) tuiteado ad nauseam respecto de lo que significa Kobe. Particularmente, elegí mirar para otro lado, a tal punto que, en la noche de su último partido, mi intención era ver el encuentro de Golden State Warriors, en búsqueda del mejor récord en la historia de la temporada regular.



Puedo argumentar porqué terminé viendo a Kobe -y porqué me emocioné como lo hice. Por un lado, los Warriors superaron a su rival (Memphis Grizzlies) casi sin transpirar. Mientras, en el Staples Center, el ego de Kobe lo llevó a tirar cualquier pelota que pasase por sus manos, anotando 60 puntos en 50 intentos de campo, incluyendo un game-winner con menos de un minuto en el reloj.

La parte que me escapa es el motivo por el cual me encontré celebrando este "Hollywood-esco" final de la carrera de Kobe. Después de pasar tantos años deseando que las cosas le salgan mal, acá estaba, agarrándome la cabeza con cada anotación del odioso este.

Es posible que la emotividad del momento se haya impuesto por sobre mi lógica. Quizás, la realización de que una de mis principales fuentes de odio se iba a esfumar me generó, aunque sea por una noche, una sensación que nunca creí posible: amar a Kobe Bean Bryant